Paulo, el experimentado montañés, un joven de algo más de 40 años, guía a su grupo por el serpenteante sendero que los llevará, luego de un exigido esfuerzo físico a la cumbre del Filo Negro.
Una veintena de jóvenes caminan en animada charla, esquivando piedras y espinas. José, recientemente incorporado y el mayor por varias primaveras del grupo, hace su esfuerzo tratando de no retrasar la marcha.
Varias paradas o etapas, hacen posible la hidratación, la oxigenación de cada célula de los cuerpos transpirados por el esfuerzo y la reposición de energía.
-¡Ya estamos cerca! –Alienta Paulo- Esa que viene es la últimas trepada, tengan cuidado, es algo empinada. –Afirma
-En la cumbre, la magnificencia del paisaje satura todos los sentidos. Uno a uno, los senderistas van llenando sus ojos de belleza, el aire agradablemente fresco recorre la piel relajando sus músculos, mientras van acomodando sus humanidades entre las piedras.
Sacan sus termos individuales (efecto pandemia) y semitas o algunas facturas, que se distribuyen generosas entre todos.
-No se deben dejar residuos en la montaña. –Advierte Paulo, el guía
-Viky, la mendocina radicada en San Juan, de energía siempre muy positiva, es la fotógrafa profesional que retrata todo lo que su ojo experto le indica.
-Mirta, Pame, Gaby “la romántica” y Omar, debe ser tal vez, los más jovencitos del contingente. Son un grupo de parlanchines curiosos y muy amigables dentro del grupo.
-¡Dale José!. Vos que sos el que más experiencia tiene, cuéntanos cuál es la diferencia entre el deseo y el placer. –Omar se dirige a José como “el de más experiencia”, lo dice en forma diplomática como para no decirle, “sos el más viejo”- ¡Dale José! – insiste Omar
-la Idea le hace sonreír a José, transformar la cumbre del Filo Negro en un ágora y al grupo de tracking en los “peripatéticos”, es sin lugar a dudas algo original e interesante.
El ágora en la antigua Grecia, es la plaza y los peripatéticos son los alumnos del Liceo fundada por Aristóteles que recibían su instrucción al aire libre. El método de Aristóteles para aprender filosofía, era a través del diálogo entre todos y paseando por el ágora.
Y la verdad, es que no hay en Grecia un ágora que sea más imponente que la cumbre del Filo Negro.
-Voy a contarles una experiencia de cuando era un niño –Arranca José
-Mi padre era peón de playa en la planta de almacenaje de YPF, esa construcción hoy abandonada que está sobre la calle Sargento Cabral y Salta.
El primer día hábil del mes, mi papá cobraba su salario. Ese era un día muy especial.
Mi mamá, mi hermana y yo, deseábamos muchísimo la llegada de ese día.
Gladys, mi hermana, la más chica preguntaba seguido a mi madre, ¿Cuánto falta para que el papa cobre el sueldo?
Conocíamos la maravillosa rutina de lo que ese día iba a acontecer. Hoy, decir rutina es lo mismo que decir aburrimiento.
La gente se aburre de ir al mismo lugar, se aburre de lo simple, se aburre de los mismos amigos, de las mismas charlas, de las mismas comidas, de las mismas bebidas, de las mismas salidas, de las mismas relaciones, se aburre con la novia, con la pareja con el esposo.
¡Hay que combatir al aburrimiento!
Y para ello están “las opciones”. Con las opciones somos más libres. Muchas más opciones, mucha más libertad para elegir.
…Chicos, hoy tenemos un mar de opciones, opciones para todos y para todos los gustos cambiantes, que fluye como líquido frente a nuestros ojos, para terminar comiendo pizza, o lomo, o pachata o la muy de moda papas amenjunadas con algo, sobre las que tenemos que decir que son ricas, para estar de onda y porque son más baratas.
Por supuesto, acompañada con cerveza de algún color hoy, y de otro mañana. Pero cerveza al fin.
Muchísimos locales nocturnos de moda, están abarrotados de personas que intentan no aburrirse combatiendo a la rutina.
-¿Pero está mal no querer aburrirse? –Pregunta Omar.
-No para nada, es un problema de velocidad. –Contesta José sabiendo que lo deja con la duda a Omar, pero que le luego le explicaría ese pensamiento.
-En fin. -Continúa con su relato José. -A medida que se acercaba fin de mes, extorsionados por mi madre, empezábamos a hacer el esfuerzo de portarnos bien con mi hermana.
Un par de días antes, juntábamos y cortamos leña. Había que calentar el agua en grandes tarros para llenar la bañera de zinc.
Comenzábamos temprano, trayendo el agua en los tarros desde el surtidor del patio hasta el fogón donde se calentaba el agua. La bañadera ya estaba en la galería que daba al fondo de la casa.
Chulengo, yo corría desde mi pieza hasta la bañadera donde me espera mi mama que jabón en mano, llenaba de espuma mi cabeza, mi cuerpito, las axilas, las piernas y las bolitas.
Con la misma agua, me enjuagaba, más un tarrito con agua limpia que me dejaba caer desde la cabeza. Paradito, me envolvía en el toallón y en los brazos de ella, iba a la pieza a secarme y ponerme ropa limpia.
Luego seguía mi hermana, y el mismo ritual. Con la ropa limpia esperábamos a mi papá para almorzar, y luego a la siesta, de la que no protestamos ni nos escapamos.
Pero ojo, solo la siesta de ese día. Especial de una vez al mes.
Por supuesto que no dormíamos, hablamos despacito, para no hacer ruido y que mi papá y mi mama descansaran tranquilo.
La ropa dominguera, esa que se usa solo para ir a misa, ya estaba acomodada en las sillas
Camisa blanca, pantalón corto tipo jardinera, media tres cuarto blancas y zapatitos 7 Leguas de color negro y bien lustrado para mi.
Vestido de color rosado con flores celestes suaves, acampanado, atado a la cintura, medias tres cuarto blancas y zapatitos blancos, bien lustrado, con tirita para abrochar sobre el empeine, con ojal en el extremo para enganchar con un botoncito tipo pelotita, engarzado con un gancho de alambre sobre el zapato. Y dos tiras de suave tela rosadas para atarle los dos moñitos de la rubia cabellera en los costados de la cabeza.
Lookeados como cuando íbamos a misa, los cuatros cruzamos la calle para esperar el 12.
El colectivero llegaba frenando despacito, para no levantar tierra, pues la familia estaba vestida como para fiesta. Las ruedas del colectivo, hacían ruido de metal sobre metal y allí subíamos y nos sentábamos buscando la ventanilla, mientras mi papá tomado del hierro cromado que va del piso al techo al lado del chofer, pagaba los boletos.
-¡Los chicos no pagan!, son menores de 6 años. –Le advertía mi madre a mi papa. –¡Te toco alguno capicúa para jugarle a la quiniela?. –Preguntaba mi madre … por las dudas que la suerte quisiera viajar en el colectivo.
Ya, el viaje a la ciudad, era una aventura.
Calle Grafigna, el club Grafigna, la bodega Grafigna, la mansión Grafigna, la antena de la radio Grafigna, el barrio De La Puñalada, la puerta del Cementerio, la calle las Heras, el hotel Susex y la avenida Libertador hasta España y por esta hasta Mitre, doblar y llegar hasta la parada en la general Acha. Era el recorrido del 12.
-”¡En la esquina señor!”. ¡Aquí nos bajamos!. – Avisaba mi madre
Corríamos por la vereda saltando y cantando, cruzamos por la puerta de los cines hasta entrar a la galería Estornell. Ya sabíamos a dónde íbamos. Corriendo e imitando el ruido de un motor acelerado de un coche de Turismo Carretera, como si lo estuviera manejando, zigzagueaba de una vidriera a otra hasta el final de la galería.
Y allí, en el fondo, la vereda, las mesas de la cervecería Múnich y la calle santa Fé. Menos oscura antes que ahora.
Pizza y maní sin sal para todos, dos chops para mis padres y gaseosas para nosotros.
Mi mama era la campeona mundial de las pizzas, pero esas, las de la cervecería, tenían otra cosa, se comían en la vereda mirando la gente al pasar y a los autos circular por la calle. Tal vez ese era su ingrediente diferencial
Tranquilos, sin apuro comíamos, juntábamos los carozos de la aceituna para contar quién comía más porciones y ser el campeón.
Al finalizar, otra vez la galería, por la vereda hasta la calle Mendoza y subir hacia Libertador.
-La próxima parada es en ….-Preguntaba mi padre
-¡En la heladería Soppelsa!, ¡Siii! –gritamos al unísono con mi hermana.
-Saborear ese helado de vainilla con chocolate, habían otros gustos, pero siempre la elección era, helado de vainilla y chocolate, servido en copa de vidrio con cuchara de acero inoxidable de paleta plana. Ah, y el vasito de agua fresca para el final.
…Chicos. -Jose dirigiéndose a sus amigos senderistas. -Ese acto, es el goce más maravilloso de un niño de aquellos años. –Explica Jose
-¡El que termina primero le ayuda al compañero! –Bromeaba mi padre.
Al finalizar, luego de haber pasado la lengua por la copa, para que no se escapara ni un poquitín de helado, mi madre ordenaba
-¡A lavarse las manos!
-Nos levantamos y caminamos la media cuadra hasta la plaza de Mayo.
Ni bien se ponía el pie en la esquina de la plaza, salíamos corriendo a lavarnos las manos y la boca y también la cara, en los sapitos de la fuente, nos salpicamos con el agua y les hablamos a los peces de colores, como si fuéramos amigos de siempre.

Mis padres se acomodan muy juntos en un banco y desde ahí, nos observaban correr, y jugar
-Y esto es chicos, el placer, el disponer del tiempo de gozar del placer que comienza varios días antes con la expectativa de una salida, rutinaria pero muy deseada y que ocurre cada 30 días.
Deseo, rutina, tiempo, expectativa, placer y gozo, creo que son las palabras claves. Sencillo y simple
-Sí, pero eso no es así ahora. Reflexiona Gaby
-No, para nada. -Contesta Omar y agrega- Hoy estamos hiper-relacionado, con hiper-amistades, que ofrecen hiper-tentaciones, y vamos hiper-rápido siguiendo las hiper-opciones que la hiper-comunicaciones nos ofrece en esta hiper-modernidad fluida, acuosa y resbaladiza.
-A mi me embola a veces. –Reflexiona Pam- Hoy estamos sentados a una mesa con la persona que deseábamos estar, pero ambos con el celular en la mano, dado vuelta, por las dudas que otra opción, nos pueda aparecer como superadora y que también deseamos que aparezca.
-Es cierto. –Interviene Mirta- Hoy hay tantas opciones. Te sientes libre porque puedes elegir. Y deseas a todas las opciones juntas y luego no sabes que elegir.
– Hoy consumimos experiencia, consumismo cosas y ahora también consumimos emociones. Es adictivo. -Afirma José que dice que es común ver en las mesas a alguna chica que dice;
-¡Una selfie!, ¡vamos chicas, pongan cara de felicidad!. ¡Sonrían¡. ¡Todas con el piquitos de besitos!. ¡Listo!
Las estoy subiendo a mis redes, para que todos nuestros amigos reales y virtuales vean que hemos salidos en jueves, nos estamos tomando una pinta, estamos hechas unas diosas y por si fuera poco, estamos re felices.
Toda una exposición de tal vez, falsas emociones.
-Se llama “presumir”. Afirma Viky la fotógrafa y continúa- Estamos todo el tiempo ocupados en emitir una imagen muchas veces falsas de lo que somos y casi no tenemos tiempo de metabolizar lo que vivimos.
-Hay que darle tiempo al tiempo del placer y de gozar del placer. –Sintetiza Paola la abogada.
– Este nuevo formato de felicidad es un poco esquizofrénico, más que felicidad, nos genera angustia o desazón. -Aporta su opinión Paulo, el guía.
-El deseo le está ganando al placer, por que la tendencia es a mantener el deseo en la cúspide del biorritmo emocional, casi sin control
El deseo se controla, debe controlarse, debe anteponerse el sentido común de la razón. Debe ser el justo como para conseguir el placer, y la pulsión del goce, para la satisfacción del placer y todos armónicos, para una vida natural y psicológicamente estable.
La armonía de estos elementos debería ser tal, que permita volver a desear repetir la misma experiencia, la misma rutina con el fin de construir una identidad, un recuerdo. -Trata de explicar José.
-Cristina que se había mantenido al margen, pero atenta a la conversación, pregunta;
-¿Qué es más fácil de controlar, el placer o el deseo?
-El placer es un acto, el goce dentro del placer es una pulsión. El placer debe ser presencial. En cambio el deseo es portable, lo llevamos con nosotros, está en nuestra cabeza cuando caminamos, o trabajamos, cuando estamos en casa o comprando.
El deseo es muchas veces inducido. Hay empresas especializadas en inducir el deseo. Es un producto de la sensación de felicidad. Y es una industria poderosísima de muchísimos miles de millones de dólares en el mundo.
-Si, y en esa industria, el amor es también un negocio, como por ejemplo Tinder. Afirma Viky
-Es cierto, pero ese es todo un tema que nos puede llevar más de una cumbre debatirlo. –Rie José y continua- El amor hoy, te los sugiere un complejo algoritmo informático, que le llaman robot que se usa en la redes sociales.
Yo prefiero, la sorpresa del encuentro presencial, fruto de la casualidad y la oportunidad en cualquier lugar que se dé. -Finaliza José
-¡Vamos gente!, recojamos todo, no dejemos residuos en el piso. Tenemos que bajar con la luz del día. –Apura Paulo.
-José y Omar caminan junto para atravesar el Filo y José vuelve sobre lo que quiso decir, al principio de la charla, respecto de la velocidad con la que se quiere cambiar la rutina.
-Omar, en la descripción de la salida de los chicos para ir a la ciudad, trato de destacar algunos elementos; El deseo, algo debe desearse mucho y por algún tiempo, luego el placer por haber conseguido lo que tanto se deseaba y el goce que te produce el disfrutar ese placer.
Y si todo fue bueno, por que no desear de nuevo, pasar por lo mismo, lo que te lleva a la rutina, que no siempre es mala. Todo ese proceso lleva su tiempo y la velocidad de los cambios se ralentiza.
Esa sería la idea, bajarle un cambio a la velocidad de los cambios. -Le explica José
-Tienes razón José, pero creo que funciona cuando sos un niño. -Afirma Omar
-Bueno, si, pero ser un niño de vez en cuando no es tan malo.
Porque no tratar de ser mas niños mas tiempo, aunque seamos viejos. -Contesta José. -¿O acaso recién, no nos hemos tirados en el piso, comiendo, charlando, y hasta diciendo alguna que otra tontería que nos arranca alguna risotada, disfrutando de la cumbre casi como niños. -Reflexiona José
-Todos bajan con la sensación de que el deseo de llegar a la difícil cumbre, los ha recompensado con el placer de haber tenido el tiempo de disfrutar de ella, con mate, paisajes y buena charla. Todo un lujito.
Por José Pepe Alvarez.