Dedicado con todo mi amor a mi hijo Juan José que el 26/04/2020 cumplió 15 años – Pepe
Flaco, largo, algo curcuncho pero sin joroba, desmañado, desprolijo y apocado, tirando para fiero, por lo menos así me veía.
El rancho y la bicicleta de mi padre, manubrio de varilla, con dinamo , porta-bulto y el inflador en el cuadro, apoyada en la pared, descascarada, pintada por partes de blanco, dos sillones entotorados y el patio con piso de tierra, barrido y regado por mi madre, ventana de cuarto a la calle, apenas entre abierta, de postigo, color verde ingles resquebrajada por el sol.
Afuera, la calle, que muchas veces me pareció un callejón, atravesada en diagonal por las vías del tren y del otro lado, el bajo.
La presencia física de las vías del ferrocarril, divide también a la vecindad, de un lado, el bajo, seguro que por obra de la casualidad viven los vecinos más prósperos. Del otro lado, el alto, nosotros, dos ranchos y más allá, una casona estilo clásica villa italiana de la zona de la Toscana. Obvio, sus dueños son italianos.
Una callejuela de pocos metros corre en paralelo a las vías y que llevan a la casa de dos familias y al fondo el corralón, en la entrada, el sifón siempre rodeado de cañizo de baja altura de una acequia de tierra.
Siete y quince de la mañana, de lunes a viernes, todas las semanas, todos los meses de clases, puntual, Ella, parada frente de mi rancho, de este lado de la vía, porque el colectivo no para en el bajo.
Guardapolvo blanco impecable, tablones almidonados con cintura y ancho moño, atado a la espalda, cuello tipo mariposa abrochado hasta arriba, medias blancas tres cuarto, zapatos negros, piernas suavemente arqueadas, cabello enrrulado, color castaño oscuro, impecable, preciosa y lejana.
Ella me perturba, me incomoda, me confunde y me gusta
La Paula, es la escuela de la hija del farmacéutico, coche nuevo en la puerta, linda casa con palmera al frente y al otro lado de la vía, en el bajo.
Detrás de la ventana, yo.
Espiando, guardapolvo blanco, bolsillos con una perenne y casi perfecta mancha circular de tinta azul en una esquina de ambos bolsillos, cintura casi descocida. Zapatos negros cuadrados 7 Leguas, para que no se gasten, punta pelada y siempre mal atados.
Peinado como se pudo, remolino en la coronilla, raya al costado, patillas en punta lampiña y la espinilla grandota en la frente,
Y el doce, de azul y amarillo que ya casi llega.
La miro por la pequeña abertura de la ventana, ella mira hacia mi casa, sabe que debo salir para tomar el mismo colectivo, baja la cabeza, mira al piso.
Se para de costado, mira hacia el oeste, se prepara para levantar el brazo derecho, es el colectivo que viene, calculo el tiempo y especulo, hasta que salgo apresurado, cruzo la calle, bajo la cabeza, miro el piso.
Llega el 12, sube primero, paga y se sienta al medio del colectivo y en el asiento doble y ahora con un lugar vacío, como si me invitara a sentarme a su lado.
Subo, saco mi boleto, paso a su lado, pero no me atrevo ni a mirarla, me sonrojo, bajo la vista como un estúpido distraído para pasar y sentarme al final, donde siempre vienen tonteando un par de pibes amigos y como yo de pavos.
Esto fue así, el primer día que nos juntamos en la parada para ir a la escuela.
De ahí en más, ese primer acto, nunca pudo ser modificado, excepto por pequeños detalles. Siempre me pregunte por que no pude establecer un dialogo, un saludo, un hola para empezar.
Si éramos vecinos, nos conocíamos desde niños, y además me gustaba y creo que yo también le gustaba, o de mínima le causaba alguna gracia.
Me justificaba en la magnificación de las diferencias entre un lado de las vías y el otro.
Pero la verdad está en la raíz de la personalidad de un muchacho pre-adolescente de aquella época, en la que teníamos emociones que no comprendíamos y que nos avergonzaba.
Algunos las manejaban bastante bien y otros, como yo, que no me atrevía ni a contarlo, de haberlo hecho, hubiese sido interpretado como debilidad. Bueno, eso pensaba yo.
Y así se crecía, sin preguntar.
Mientras los cambios físicos, químicos y emocionales nos impactaban de lleno en nuestras vidas en la medida que el tiempo nos introducía inexorablemente en las nuevas etapas del crecimiento.
Nos juntábamos por afinidad un grupo de 4 o 5 pibes, unos un poco más grandes otros un poco más chicos, entre juego de pelota, figuritas o cochecitos de turismo carretera y al grito de “ Coche a la Vista”, fantaseábamos con nuestra sexualidad que nos brotaba por los poros en el medio de la ignorancia más terrible.
Alardeábamos de ser los más machos, cuando el pelo púbico afloró.
No me acuerdo cuando me masturbe por primera vez, tampoco tiene importancia, el hombre se toca su pene desde muy chico y muere muy viejo con la mano en el mismo lugar. Pero si me acuerdo de mi espermaquia, mi primera eyaculación.
Ese día me gradué de grande.
Mientras nuestro “crecimiento” transcurría, sin prisa pero sin pausa, los vecinos seguíamos tomando el mismo colectivo todos los días a la misma hora, mi cuerpo y mi química cambiaban, y el de ella también, pero no cambiaba mi comunicación.
No evolucionaba la actitud sicológica que me permitiera relacionarme con la persona del sexo opuesto que además me atraía.
A esto, se le llama timidez, propia de los pibes de aquellos años, pero muy actual en estos años también.
Timidez; ¿como cambian los cursos de la vida?, ¿lo que pudo ser?, ¿cómo nos induce a equivocarnos?, a no superar obstáculos, a obstruir el camino hacia lo que deseamos, a jodernos la vida, vaya! .
Pero no solo la nuestra, sino también la forma invisible en la que impacta en la vida de terceros, la de ella por ejemplo, si solo yo hubiese podido hablarle, tal vez su vida hubieses tomado otro camino.
La timidez rige el derrotero de la vida por vivir hasta que los años tal vez, y solo tal vez logren doblegarla o al menos controlarla.
Hoy, a la distancia que imponen los años, todavía me pregunto que hubiese pasado si las cosas hubieran sido de otra forma en el colectivo de las siete y quince.
La Timidez es un trastorno de la personalidad por evitación, dicen los psicólogos y afecta más a los adolescentes, a no confundirse con la introversión.
Por que esta tiene que ver con la concentración en el mundo interior, y al introvertido le resbala lo que pasa en el mundo exterior y no sufre por eso, en cambio el tímido no sabe cómo relacionarse con algunas personas, fundamentalmente del sexo opuesto.
Algunos psicólogos piensan que uno de los factores puede ser una carga genética, aparte del entorno familiar y de los cambios físicos y hormonales.
La historia fue, que este “trastorno de personalidad” me atormentó en la universidad afectando el rendimiento académico por la enorme dificultad para rendir exámenes solo superable por la enorme fuerza de voluntad puesta en el desafío de obtener mi título de ingeniero.
Si bien la experiencia que llega con el tiempo enseña a controlar o a morigerar este “trastorno” que me sigue hasta ahora, y se manifiesta en la dificultad actual, por ejemplo, de sentarme en algún restaurante solo y para almorzar.
Donde también observo en el rostro de la sociedad en la persona que me atiende cuando me consulta por los lugares de la mesa y me pregunta “está solo?”
Pero bueno, retomando el hilo de la historia del “pibe”, es un hecho que la vida te ofrece segundas oportunidades.
Cincuenta años después caminando hacia el oeste por calle Rivadavia cruzando General Acha, en un día disfrutable con temperatura de confort, avanzo despacio, tranquilo, tomándome el tiempo para ver a la gente que pasa a mi lado, en el banco, los clientes haciendo cola para el cajero y en el segundo también, Casa España, la plaza 25 en frente.
Cuando de frente y pasando el kiosco de revista, la veo, caminado apresurada en dirección a mí.
Es ella, me ve, treinta metros, creo que disminuye el paso, solo un poco, mueve la cabeza, cabellera ondulada, larga, por debajo del hombro, ambo marrón suave, camisa blanca.
Diez metros, como si se preparara, 5 metros, me mira de frente, sonríe, la miro, no sé si sonrío.
Hola me dijo al pasar, hola le dije con la emoción de escuchar mi propia voz al saludarla. Ella siguió sonriendo cuando pasaba al lado mío. Le dije hola una vida después.
Me detengo con la intención de hablarle ahora que sé que puedo hacerlo.
Pero me pregunto para qué?, que puede cambiar ahora, dar explicaciones que nunca me fueron requeridas, que sentido tiene.
Pero no, decido que no, pienso que las dos vidas ya están hechas, que ya es tarde, que las emociones son distintas y nuestras realidades no se van a volver a cruzar. Reanudo mi camino, no puedo evitar la sonrisa dibujándose en mi rostro, mientras pienso en las cosas de aquel pibe de 15
Por José Pepe Alvarez