Otros capítulos
*Vírgenes hasta la boda – Parte 1
*Una Noche Cualquiera – parte 4
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Después de la extraña Noche de Bodas, cuyas series de infortunios están contados en el capitulo anterior y poniendo buena cara al mal tiempo, ya ubicaditos los dos en nuestro respectivos asientos del colectivo, nos tomamos de la mano, entrecruzamos los dedos, nos miramos con picardía, nos hicimos ojitos y arrancó el colectivo.
Salió de la terminal, encaró rumbo al este por ruta 20 y empezó nuestro viaje a Mar del Plata, ninguno de los dos conocíamos el mar.
En ese momento sentimos que se rompieron las cadenas, sin chaperones a la vista, lejos de los ojos de mi suegra y con aval de la Iglesia y de los parientes comenzaba nuestra Luna de Miel. Los dos solitos.
Al Maaaar!, Gritamos despacito.
Ya en el colectivo de turistas, éramos los mieleros y recibimos las cargadas de rigor.
No recuerdo bien cual fue la última curva del camino que vi, pero no fueron muchas creo que antes de la media hora de viaje, re cansado y estresado por los acontecimientos del día anterior y de toda la madrugada, literalmente, me desmaye en mi asiento y solo recupere la conciencia llegando a Mar del Plata, así que del viaje, ni idea. Bueno, yo me duermo fácil en los colectivos, aun en el 12 de la Alto de Sierra
Abro un ojo, después el otro, sacándome la mantita que cubría mi cara y medio torso, le hago una mueca a mi señora como simulando una sonrisa y sentí como devolución clima de tormenta.
Mi esposa con cara de fastidio me dijo; “con vos nada de nada, hice todo el viaje sola”, y agregó, “no te bajaste en ninguna parada. ¿Como aguantas?”; aguantar que?, le pregunto, note que hubiese sido mejor no abrir la boca, pero ya era tarda. Ella subió un nivel su fastidio y me contestó ” a mear, ni a mear te bajaste”, note que el romanticismo se bajo en alguna parada del colectivo. Ese no es su vocabulario, nunca la escuche una palabra subida de tono o fuera de lugar. Era una señorita
Tomando aire, respirando profundo, se sintió la fuerza con la que entraba e inflaba de aire sus pulmones y me preparo para la segunda andanada de su furia contenida pero destilada de a poquito como masticando cada palabra y susurrando, con la boca apenas abierta y como si fuera ventrílucua, para que no la escuche el resto del pasaje, mirándome a los ojos me dice; “veinticuatros horas viajando … me duele todo … no tenia con quien conversar … me tome tres termos de mate … fui tres veces al baño en las paradas … y no me acompañaste … y vos te despertás así tan fresco”.
Los puntos suspensivos indican que largaba cada argumento de su enojo despacio pero con fuerza y continuó; ” te echaste encima mió … te dormiste y no me dejabas ni cambiar de posición … no recuerdo cuantas veces se me calambró la pierrrna”, le puso cierto énfasis a la pieeeerrrrna palabra salida así, entre los dientes y sin mover los labios.
Evalué como saludable mantener el silencio y tiempo después, cuando se descargó de su enojo con razón, rozo con la punta de mis dedos el canto de su dedo meñique de su mano izquierda – eligió sentarse del lado del pasillo por si se le acalambraba la pierna de nuevo para poder pararse – y siento que que su dedo meñique enlaza el meñique mío.
Ya está, pienso, ya se la pasó, un dedo engancho al siguiente y así hasta enganchar todos los dedos. Todos son cinco dedos míos y cinco de ella, los otros estaban en la otra mano. Se entiende,no?
Su rostro se suavizó cuando en plena ciudad, la avenida tomo por una subida y se vio el mar en el horizonte y todos gritaron al unísono; “ahí esta el mar”. Fue solo un instante, después el colectivo dobló a la derecha por una calle angosta – todas las calles son angostas – hasta llegar al hotel donde nos esperaban. Nosotros tuvimos un recibimiento un poquito especial, éramos los mieleros.
Parece que al ser mieleros, todo el mundo te mira como si hicieras goles maradonianos y salieras gritando el goooollll! subiéndote al alambrado revoliando la camiseta como si fuera el poncho de la Sole, pero ya había pasado mas cuarenta y ocho horas de la noche de bodas y ni si quiera habíamos entrado a la cancha.
Ninguno de los dos conocíamos el mar, eran cerca de la once, el personal estaba limpiando habitaciones y mucho trajín de gente que se iba y otro que llegábamos. Demasiado ruido, pensamos, y pospusimos por un rato el encuentro anhelado por más de seis años y medio.
“El mar está cerca, a unas pocas cuadras esta la playa La Brístol”, nos dijeron. “pueden ir a visitarla mientras nosotros acomodamos las habitaciones y recuerden que es media pensión, pueden almorzar o cenar, ustedes elijen”, nos asesoraba un hombre del hotel.
Nos dieron permiso para ponernos los trajes de baño, como para ir mojar los pies en la arena de la Bristol y acordamos volver para el almuerzo y tomar luego una siesta.
Encaramos rumbo a la playa que estaba cerca, en el camino compre una sombrilla para tenerla para cuando al día siguiente volviéramos al mar.
El casino, El Hotel Provincial, la explanada los Osos marinos franqueando la escalinata que lleva a la arena, el mar azul y un barco carguero a lo lejos, extasiaba nuestra mirada. También unas banderitas chiquitas de colores que no sabíamos que tenían significado flameaban agitadas, pocas sombrillas y gente parada, gente sentada, una brisa agradable acariciaba los cuerpos semidesnudos de los visitantes y unos pocos nadaban en el mar.
El color del agua y las olas rompiendo en espuma llenaban nuestro ojos.
Nos sentamos en la arena y planto por primera vez una sombrilla. No es fácil
No es que sea tampoco difícil, pero era nuestra primera vez, clavar el mástil, darle el ángulo y colocar la segunda parte que contiene la lona plegada. La lona plegada es una cosa y desplegarla es otra, en el primer intento me clave los alambres en la panza, no la había separado lo suficiente y lo hacía estando parado, el segundo intento lo hago desde la posición de cuclillas y logro llevarla hasta superar el gancho trabador. Pero el ángulo no era el adecuado, la brisa, casi viento, la hinchó y la sacó de su posición volándola por el aire hasta que un señor que estaba parado como a diez metros de nosotros, la detuvo con su ancha espalda peluda, muy peluda y shorts de algunos números mas chicos de lo que necesitaba, al punto tal que dejaba ver la parte de la zanjita donde comienza el trasero.
Disculpe le dije, me miro de costado y con cara de asco, no pronunció ni una palabra y siguió chupando de la cañita un jugo color rosado de un vaso alargado que terminaba más ancho que tenía una sombrillita nadando en el liquido rosado.
Todavía no entiendo cual es el sentido de la sombrillita en una copa.
Logre entender el funcionamiento del viento y las velas cuando coloque con éxito la sombrilla.
Era uno de esos días en el mar, que cuando se esta al sol, hace calor, pero si estas en la sombra hace frío. Nos sacamos la ropas y nos quedamos en traje de baño, mi esposa desplegó primorosa sobre la arena dos tuallones y nos recostamos a disfrutar de la brisa del mar, el sol y los turistas que paseaban por ahí.
Y nos gustó. Y el ratito se hizo una hora, y nos dio hambre y compre un par de sándwiches y unas gaseosas, para almorzar en la playa. El lugar se fue poniendo entretenido, la gente llegaba y ocupaba los lugares, los niños jugaban, las chicas y los chicos pasaban sus cuerpos al sol. Mas allá la música y una piba acompañada por un muchacho, hermosos los dos, bailaban y daban instrucciones a la gente sobre como hacerlo. Muy graciosos resultaban los bailarines mayores con exceso de rollos que sin inhibición alguna, se divertían tratando de hacer posible algún paso, mientras sus trajes de baños flameaban conforme sus excesos de rollos carneos se bamboleaban.
Para compensar el frío con el calor, alternábamos de a medio cuerpo bajo la sombrilla por un tiempo y el otro medio cuerpo al sol. Casi sin querer se habían pasado como cuatro horas o más en la playa. Levantamos todo sobre las 16 o 17 horas mas o menos y emprendimos el regreso al hotel.
Llegamos a nuestra habitación arreglada muy bonita con un florero y un ramito de flores lilas y blancas y dos bombones sobre la almohada. Se baña mi señora y sale espantada por los colores de su piel, rojo sangre por donde se le mirara, debe ser su piel que es muy blanca, pensé. Sacó un pote de crema Hinds y se puso por donde podía, quise ayudarle y no me dejo por que le dolía donde le tocara.
Me baño y mirándome en el espejo empañado por el vapor de agua y no lo podía creer, un pimiento morrone colorado era menos rojo que yo.
Igual que mi esposa, no había un lugar donde no tuviéramos la piel enrojecida, la crema traía algo de alivio, pero el calor brotaba rápidamente de la piel como si fuéramos dos geiseres. Ni acostado podíamos estar, muy grande era la incomodidad, el dolor y el calor que exudábamos por los poros.
Para colmo esa noche teníamos una salida programada con anticipación, un compañero de trabajo se había casado una semana antes y pasaría por el hotel a buscarnos para ir a cenar. Compromiso social.
Como pudimos nos vestimos, bajamos al hall de entrada, yo caminaba tieso como si todavía tuviera puesto el traje y la camisa almidonada de la noche de casamiento , no subimos al Fiat 125 coupe color azul eléctrico, entrar por la puerta delantera para ocupar los asientos traseros fue un sacrificio tan grande como cuando intentamos bajarnos.
Fuimos a una marisquería y pedimos paella, mi señora empezó a comer, pero se sintió descompuesta y le pidió a Liliana, la esposa de mi compañero, que la acompañara al baño. No pasaron dos minutos y Liliana en la otra punta del salón blandía por el aire una campera tratando de llamarme la atención.
Cuando todo el salón ya se había dado cuento, recién reparo en ella, me llama, en su rostro se dibujaba la angustia, me hacía señas que fuera al baño de mujeres, llego con toda la velocidad que mi cuerpo adolorido me permitía y el cuadro era extraño.
Mi esposa acostada sobre el piso, se había desmayado, dos mujeres con sus carteras le echaban aire sobre la cara, otras dos paradas mirando y cuchichiando, sacando conclusiones, la baja presión decía una, habrá tomado de mas decía la otra, y más allá otras dos retocándose la pintura del rostros. Otras dos recién salida del retrete, con sus polleras levantadas se acomodaban los calzones, mientras preguntaban que hacia esa mujer en el piso y yo en el baño de damas.
Pude sentir el ulular de la ambulancia que se cercaba, presurosos paramédicos y camilleros llegaron hasta el baño, sacaron a mi esposa caminando sujetadas por los dos, médico y enfermero, nos metieron en la ambulancia y nos llevaron hasta la clínica.
No pague la cena, tampoco la habíamos comido, pensé a modo de justificación
Se recuperaba mi señora en el consultorio y me desmaye yo, el diagnóstico fue el mismo, insolación, deshidratación quemaduras de menor grado en el ochenta por ciento del cuerpo, se imaginan dónde estaba el veinte por ciento restantes. Si, todo lo que lograron cubrir los trajes de baño.
Conclusión final, siete días de luna sin miel, acostados cuando podíamos, parados para que de el aire sobre todo el cuerpo y mirándonos de costados en embardunados de crema, duchas de agua fría prestando especial atención a las zonas ampolladas.
Y aunque no lo puedan creer la ventana daba a la calle, así que habríamos las ventana para que entrara aire y nos refrescara cada vez que alguien dejaba de llorar. En la vereda de enfrente había una funeraria.
Agua y mas agua para beber, mientras el mundo disfrutaba afuera de los maravillosos días de Mar del Plata.
Menos mal que llovió un par de días, asi todos se jodían.
De regreso a casa, luego dos días de viajes sentado en el colectivo, y siete días para recuperase de la insolación y las quemaduras y de haber conocido solo la playa La Bristol y el hotel. Y con la virginidad al palo
Próximo y ultimo capitulo ” Una noche cualquiera”
Por José Pepe Alvarez