*Vírgenes hasta la boda – Parte 1
*Una Noche Cualquiera – Parte 4
La Noche de Boda
Para un sofocante de día de enero se había impuesto la fecha de la boda.
Si tengo que utilizar una palabra que defina mi sensación de ese día y lo haga con toda claridad, contundencia, con todo el énfasis y el color que la situación ameritaba, debo recurrir a un grande como Roberto Fontanarrosa para poder gritar sin pudor “¡¡CAGASOO!!”, no hay palabra que la defina mejor. Y no jodan, porque no hay varón que no hayan experimentado esta sensación la primera vez, ya para la segunda o la tercera, se va mas fácil, la experiencia ayuda.
Mis padres que habían viajado desde Mendoza, lugar donde vivían, pusieron a mi disposición su auto. Mi padre me dijo; “ ¡HIJO!, ahí tenéis el auto, úsalo para lo que te haga falta y todo el día si quieres. Te lo deje con nafta”, agregó.
El auto, que era el bien material más importante de mi padre, no era nada más ni nada menos que un Renault Gordini, pero ojo, Renault Gordini 850, no cualquiera, era 850, modelo 1974, de color azul y bien cuidado, palanca al piso de varilla larga y sin la pelotita de arriba, porque se había perdido, así que para meter los cambios se tenía que tomar con la yema de los dedos desde la fina varilla, porque la punta terminaba en puntita y lastimaba por que no tenía la pelotita de arriba.
Por supuesto, lo use para ir hasta el salón, recibir el servicio, verificar la decoración, comprar el hielo en barra, meterlo en tachos y con un pica hielo romperlo en trozos, meter las botellas para que a la noche estén fría y taparlo con bolsas de alpillera. Adema colgar los gallardetes, globos y otros adornos, cartelitos con su nombre y el mío y un montón de cosas que tías de un lado y otro habían preparado.
Ordenar las mesas de tal forma que los parientes de ella vayan en un lado, y los parientes míos vayan del otro , lo amigos en un tercer sector, y además tener la precaución de separar las mesas en otra subdivisión, los parientes míos que no se hablan entre si, deben estar separados, e ídem con los de ellas. Y la mesa principal, por supuesto.
Toda una inteligencia de geolocalización,- ni existía esa palabra- , nada más que para ubicar las mesas y los cartelitos con los nombres para evitar problemas. Se imaginaran, tarea extenuante durante todo el día.
LA NOCHE DE BODA
Todos los que me conocen saben de mi alta intolerancia al calor, promediaba enero y la fecha fue impuesta por razones de fuerza mayor, seis años y medio noviando, era la principal, ya era hora de dejar de calentar silla, parecían gritar en coro toda su familia.
Mi hermana se encargó de prepararme mi ajuar, camisa blanca almidonada para que el cuello y los puños permanezcan duros por largas horas, zapatos negros nuevos comprado según mi costumbre, “busco zapato número 41 le dije al vendedor”, lustrado a espejo y de dos número menor de lo que necesitaba, detalle que fue resuelto varios años después, como 18 años después, cuando un vendedor me alerto que mi talla de pie era dos número más grande , corbata azul con firuletes suaves de color celeste, pañuelo al tono terminado en triangulo en el bolsillo superior del saco, cinturón nuevo al que le faltaban por lo menos tres agujeros, pues yo era muy delgado, completaban mi ajuar
Como llegue tarde después de todo el trajín del día, no tuve tiempo ni para quejarme del caluroso atuendo. Nos subimos los cuatros al Renault Gordini 850, mis padres, mi hermana y yo y nos fuimos presurosos para la iglesia, cuando baje del auto me di cuenta de dos cosas, una , que por efecto del calor que caminaba con las piernas abiertas y sin doblar las rodillas , lo mismo que los brazos separados del cuerpo como para que entrara un poco de aire y refrigerara el interior del traje y la otra, que no podía doblar la cabeza por culpa del cuello almidonado, que me raspaba cuando lo intentaba, así que para saludar a un costado o al otro giraba como enyesado todo tieso y acordándome de mi querida hermana y de su mamá.
La otra cosa que también me di cuenta cuando llegue al altar, es que la iglesia estaba llena, y detrás de mí estaba un negro grandote doble ancho, hermano de la niña. Analice mis opciones y me di cuenta de que no tenía por donde escapar, así que la resignación fue mi destino
A la salida de la iglesia, paseo por los lugares bonitos de la ciudad, fotografía para el recuerdo, y especulando con la hora, haciendo tiempo para que los mas de 160 invitados llegaran y se sentaran en los lugares marcados previamente planificado por afinidad.
La llegada al salón fue recibida con música de entrada, más fotos, y finalmente la cena. Yo aguantando el calor, el traje la corbata, los zapatos nuevos y chicos y la camisa almidonada
“¡Que bailen los novios!” Vocifera el animador, luego “que bailen los padres de los novios, y sigue con los padrinos, testigos, la abuelita”. Ya eran como las tres de la mañana y recién se liberaba la pista para los chicos y las chicas, la temperatura aumentaba con cada brinco, se había nublado y la humedad empeoraba mi estado térmico.
En aquel momento se puso de moda el “baile del pollito” y al ritmo de “pio pio pio, pio pio pa” que se bailaba con los brazos doblados hacia adentro y moviéndolos como si fueran alitas de pollito. La flamante señora bailaba en toda la pista. Cerca de las 5 de la mañana yo quería irme porque temprano debíamos salir para Mar del Plata y quería tener un momento de intimidad con mi esposa, después de todo era la Noche de Boda y había una promesa que debería cumplirse, realizada una semana atrás cuando atravesamos un momento de alta tensión, y no confundir con el grupo de baile famoso llamado también Alta Tensión, además de ser un rito de todos lo que se casan. Más si se trataba de un par de gandules vírgenes hasta ese momento según la tradición familiar.
Pero ella saltaba por todos lados al ritmo de pio pio pio, pio pio pa, yo transpiraba hormonas y ella transpira cerveza. Yo le hacía seña para irnos, y ella no se daba por enterada. Al fin de cuentas, tenía razón también, esa fiesta es única en la vida y se bailó todo, con miriñaque incluido.
A las seis cuarenta y cinco logro subirla al Renault Gordini 850 y partimos raudo hacia la casa de los padres para sacar las valijas y llegar a tiempo a la casa donde viviríamos. Con el tiempo contado según mis cálculos, para el gran momento de “al fin solos” y además llegar a tiempo para la hora de partida del colectivo rumbo a Mar del Plata.
Llovía, refrescó un poco y la mañana clareaba en gris plomo.
Manejando por avenida Rawson giro por avenida de Circunvalación hacia el oeste, ya era de día. Siete y treinta de la mañana de enero. Pasando por debajo del puente de la calle Mendoza, siento que el Renault Gordini 850 tosió, se estremeció un poco, pero siguió unos metros más.
La subida hacia el puente de la calle Catamarca se hacía pronunciada, yo la veía casi como imposible. No va a llegar pensaba y la angustia me embargó, volvió a toser, volvió a estremecerse y finalmente a 15 metros del puente como herido y sin fuerza, el Renault Gordini 850 modelo 1974 se detuvo.
Al Sur, el barrio San Martín, al norte la Cueva del Chancho, así le llamaban a ese rincón tenebroso y famoso de la ciudad de San Juan, y al oeste, nuestro destino que ya me parecía lejano. Parados en el medio de la calzada de la Avenida de Circunvalación, en subida, y lloviendo, nos bajamos del auto, ella vestida de novia y todavía con el miriñaque, yo vestido de novio. Ya era bien de día a pesar de las nubes.
Empujamos cuesta arriba y tirando a la derecha el auto tratando de estacionarlo en lugar seguro y contra el guarda rail. Calcule en diez cuadras la distancia a la casa y nos pusimos a caminar, empapados bajo la lluvia por la avenida de Circunvalación, pues se vía más seguro caminar por arriba que por abajo y vestidos de novios y con una valija en la mano y un bolso cruzado por la espalda. La gente veloz en sus autos pasaba, nos tocaba bocina, y nos saludaba como si fuéramos personajes fellinezcos.
Finalmente llegamos, yo estaba un escalón más arriba en la escala de la destrucción, mi esposa entro al baño se refrescó y se puso un hermoso camisón escotado y transparente insinuando sus senos rosados y por el tajo del atuendo asomaba su pierna blanca y redonda, acomodó las almohadas y como si fuera una Cleopatra se dispuso a pasar la prueba.
Yo por mi parte, en otra habitación, me saque los zapatos sin desatar los cordones, arranque la camisa almidonada mientras que con un pie y con el otro me sacaba el pantalón del traje, me puse un jean, una remera y un par de zapatillas. Me presento en la habitación y solo con la cara que me salió, le dije;
“Esperame así por favor, no te muevas ya vengo” , desconcertada me pregunto ; “ pero adónde te vas?” .
Impávido le contesto “voy a buscar el auto de mi papa”
Me justifico agregando “se quedó en la Cueva del Chancho”. No puedo describir su mirada ni la muesca de su rostro, así que cada uno puede imaginarse lo que le parezca, cualquier cosa que piensen va a estar bien.
Salgo rápido para evitar otra pregunta, miro el reloj y pienso que me queda poco tiempo, corro a la vuelta de mi casa, donde vive un amigo que seguro ya regreso de la fiesta, le golpeo la ventana, y le pido que me de una mano.
Confundido y con cara de no entiendo, me pregunta que me pasa, y le digo;
“Amigo me quede sin nafta”.
Sonríe, veo que tomo para el lado de los tomates y me repregunta;
“Como que te quedaste sin nafta”.
Y juntando los cincos dedos de su mano, balanceando hacia arriba y hacia abajo en el claro significado de boludo, agrega sonriendo como disfrutando con anticipación alguna estupidez que se le cruzó por la cabeza, me preguntó;
“¿y vos … exactamente … que querés que haga yo?”.
No lo pude mandar a la m… porque lo necesitaba, pero aclarando como para que no quedaran dudas engroso la voz, aumento el tono y el volumen y le digo;
“Boludo, el auto es el que se quedó sin nafta” y “necesito ir buscarlo” agregué.
Se levantó sacó su auto y bidón en mano enfilamos para la estación de servicio, llegamos a donde había quedado el auto estacionado le cargue el combustible y arranco.
Mi amigo tuvo ese gesto burlón por muchos años y por supuesto, el resto de la banda se enteró del incidente y fui punto por mucho tiempo.
Llego a casa y una comparsa de familiares y vecinos esperaba en la puerta con mi esposa con dos valijas y un bolso de mano y con los brazos en bandoleras como para fajarme.
Pero ya no queda tiempo ni para el reproche. En banda y con los autos tocado bocina, nos fuimos para la terminal de colectivo.
Y así pasó nuestra noche de boda.
Nos fuimos sin consumir el desayuno ni consumar el matrimonio.
Próximo capitulo ” Luna de Miel”
Por José Pepe Alvarez