Cuentos Cortos

Vírgenes hasta la boda – (parte 4) – Una noche cualquiera

Otros capítulos

* Vírgenes hasta la boda – parte 1

*La Noche de Bodas – Parte 2

*La luna de miel – Parte 3

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… Y todavía vírgenes

De regreso a San Juan con nuestra virginidad intacta, reorganizamos nuestra rutina, previo clasificar, criticar y poner en valor todos y cada uno de los regalos para sacar una estado contable del costo beneficio y obtener un saldo de caja respecto de la inversión, léase fiesta de casamiento versus regalos recibidos.

Teníamos que ordenar rápido, porque había que salir a trabajar casi de inmediato, nos repartimos, las tareas  de la casa, definimos, horarios, quien hace de comer, quien lava, quien plancha, cuando limpiamos la casa, todo coordinado según nuestros respectivos horarios de trabajo que encabezan naturalmente la prioridad de nuestros movimientos.

Y así dimos inicio casi de inmediato a la etapa que se conoce como “rutina familiar”. El principio de la convivencia el fin del romanticismo del noviazgo, y sin la escala natural de la luna de miel, y sin haber probado la miel del rito del matrimonio.

Otra cosa no menos importante, fue el acuerdo que hicimos respecto de no forzarnos hacer algo, si no estábamos preparados  y dispuesto. Nos propusimos que cuando pasara, fuera tan natural como darnos un beso.

Claro, todo esto tomando en cuenta todos los “incidentes”  que habíamos tenido desde algunas semanas antes de la boda. Además que comenzó el feo proceso del recambio de piel. Después de la quemazón que nos dimos en Mar del Plata.

Girones de piel muerta se deprendía de los brazos, las piernas,  no te dabas cuenta y trozos de  piel flameaba colgada de algún brazo, y la verdad es desagradable, feo y vergonzoso.

Teníamos los brazos de dos o tres colores diferentes, piel blanca vieja, piel roja, piel nueva.

Y hacía calor a fines de enero, principio de febrero. Y aunque no lo dijimos, el acuerdo también tenía que ver con ese recambio. Porque la verdad nos veíamos y nos daba como cosa… vio?.

Y así fueron pasando los días, descubrimos que era lindo quedarse afuera en la noche después que termómetro bajara de los 35 grados – no teníamos aire acondicionados- y tomarse una cerveza fresca, conversar de las cosas del día o no conversar y mirar las estrella tomados de la mano, mientras nos humectábamos con crema para acelerar el proceso del recambio de piel. Y siempre con un espiral entre las piernas para ahuyentar los mosquitos y estrenado también las reposares que no pudimos utilizar en Mar del Plata por los inconvenientes que describí en el Capítulo 3.

El entorno previo

Para poder entender lo que paso y que ya han leído y que puedan entender lo que viene creo que hay que poner estos episodios en contexto.

Primero hay que ubicarse en el tiempo, son casi cuatro décadas atrás. Y las cosas eran diferentes a como son ahora. Por aquel entonces para los mayores salir a bailar tenía dos opciones. El Casino Bohat, o los bailes sociales de Colon junior, el Gigante Unión de Rawson, o Kabu de Chimbas. También estaban los matinés de Hotel Nogaró, El Sirio Libanes o Casa España. El éxito estaba donde el disc Jockey de moda Carlos Vargas  garantizaba la música, el ritmo y el baile.

Novia adolescente, corresponde por historia, cultura, tradición y religión …. Los matinés del domingo, y con chaperón / chaperona, entiéndase en el mejor de los caso, sobrina o sobrinos molestos, y en el peor, suegra, pobrecita,  que con 25 mil wats de audio de parlante, se aburría y se dormía. Un domingo en el Sirio Libanes alguien equivocado, bueno, decididamente equivocado, le llevó el gamulán del novio de la hermana.

Ohhh ¡! Y lo que costaba un gamulán en ese entonces.

Con mi amigo, el novio de la hermana tuvimos que pedir dos veces la mano las chicas, para poder salir a los matinés.

La primera a los padres, la segunda, tuvimos que sacar un turno cada uno en días diferentes en una oficina en la ciudad.

El recuerdo de mis vivencias me lleva a un lugar oscuro, tapizado con libros gruesos de color rojo oscuro, con sillones mullidos de color marrón oscuro, amplio escritorio de patas talladas también de color marrón oscuro, apenas iluminado el lugar con una lámpara de escritorio antigua de tulipa de cristal tallado de color blanco oscuro. Lo único que contrastaba era el cable de lámpara que como una víbora viboreaba entre un alto de expedientes y otros porque era de color blanco y se ve que el enchufe le queda lejos. El cable era largo.

En el sillón reclinable amplio detrás del escritorio se recostaba un hombre grandote con un cigarro encendido en la mano , si se hubiera puesto el sombrero del padre, hubiera jurado que era Don Corleone.

Hombre grandote, ancho de espalad, algo así como el Doble Ancho  Rubén Peuchene – si alguien no lo recuerda, pregúntele a Don Google – pero sin los músculos y algo mas oscurito,  era el que me franqueaba la puerta de la iglesia.

Caminaba despacio como si en su andar y su mirada perdonara vidas a uno si y a otros no.

Recuerdo que estaba realmente intimidado en ese lugar, se sacó despacio el cigarro de la boca, y poniendo los labios para un costado como si jugara al truco y tuviera el 7 de espada, con ese lado de la boca semi abierta salió lentamente – bueno, todo lo hacía lentamente – con voz grutal-  un “ y vos … que intenciones tenés con mi hermana”.

Creo que le conteste que ninguna, que se yo.

Era un momento para olvidar. Nosotros solo queríamos ir a bailar aunque sea los domingo al matiné. Después vinieron preguntas más fáciles, “cómo te llamas, a que te dedicas, donde vives”. Esas me las sabía.

Por mi parte, trabajaba, arreglaba tocadiscos, radios a transitores, televisores valvulares blanco y negro, planchas, hacia instalaciones eléctricas, lo que apareciera y además estudiaba, vivía con amigos y compañeros de estudio, y corríamos la liebre. Tiempos duros

En ese contexto y ese entorno, se  mantuvo por seis años y medio, hasta que nos casamos. Ahora comprenderán mejor por que vírgenes

Una noche cualquiera

Y así, con la rutina encima, una noche cualquiera de los primeros días de febrero, ella vestido de camisón con dibujitos de payasitos, con botones hasta el cuello y cuello de puntilla, mangas largas  también terminado en puños de puntilla, la cubría hasta debajo de la rodilla y el ruedo con la misma puntilla.

Era de esos camisones que deberían ser prohibidos e incinerados, por el alto contenido de nailon, que si le pasas la mano se electrizan de estática y te erizan los bellos de la piel y saltan arcos blanco azulados – para los que no lo saben esos arcos tienen más de 12 mil  volt -. Peores que una pistola Tasaer

En algún paquete por ahí habrá quedado el camisón suave, todo sensual de la noche de boda, que nunca rodó por el piso como en las películas, debido a los incidentes con el Renault Gordini ( capitulo 2).

Habíamos regresado del trabajo, cenamos, lavamos secamos y guardamos todos los cacharros de la cocina, yo me di una ducha y nos sentamos en las reposeras – que no usamos en Mar del Plata – a la luz de luna con una cerveza y 35 grados muy agobiantes.

Sobre media noche bajó una suave brisa del sur que trajo un alivio.

Comenzó con una linda sensación que te abrazaba el cuerpo, aliviaba la sofocación. Uno, casi sin querer abría la piernas para permitir que el aire inundara todo lo que cubría el pantalón de baño. La zona que más sufre del calor, la zona esa donde las piernas se juntan con todas las demás cosas y están siempre cubiertas por dos capas, la prenda íntima y la prende exterior.

También ya habíamos terminado de cambiar la piel.

La cerveza, las estrellas, la brisa fresca, el silencio, lo romántico de la escena, hizo que le tomar con suavidad la mano y acariciara despacito cada uno de sus dedos. Ella respondió entrecruzando sus dedos con los míos.

Otro tipo de calor comenzó a recorrernos el cuerpo, giro su torso hacia mi, y del escote del camisón se asomó como curiosa, casi juguetona una sinuosidad pulposa blanca y de apariencia suave que sin dejar de ver la parte más prominente del monte , permanecía tapada por la puntilla del camisón y que en la media luz se insinuaba como una guinda de un postre apetitoso que me invitaba a ser parte de una fiesta que todavía no comenzaba.

Un beso rozó mis labios. Tome con fuerza su mano y la levante de su reposera con energía y le dije; “Llegó con tierra y es fuerte el ventarrón”, vamos para adentro le urgí.

Alcanzamos a guardar las cosas, cerrar las ventanas, poner trapos húmedos de bajo de la puerta, y se cortó la luz. Un clásico.

A pesar del viento, de la tierra y el apuro para proteger el interior de la casa, mi biorritmo seguía alto, un gesto de ella me hizo entender que el de ella también, y en el medio de la noche, solo iluminado por una tenue luz que se filtraba por la ventana aun sin cortinas solo cubierta con papel de diario, nos fuimos acercando despacito, como si midiéramos los pasos con “pan y queso” o “Punta y talón”.

Cuando estuvimos frente a frente, nos dimos un beso muy apasionado. Con el viento un mechoncito de su suave cabello había cruzado su boca, yo hacía esfuerzo para sacarlo disimuladamente por que me lo tragaba,  pero se había humedecido y se quedó pegado.

En el juego de las caricias, trataba de identificar y tomar el mechoncito desde su raíz para sacarlo del lugar de donde me molestaba. Al fin lo logre, y juntos, muy juntos, abrazados, un beso llevó al otro y al otro,  una acaricia a la otra, de un lado y del otro.

Al intentar separarnos para retirar las prendas que ocultaba las partes pudorosas de nuestra anatomía, y por efecto del roce corporal y seguramente del viento, el aire se había ionizado, los bellos de mis brazos se erizaron y ella por el efecto de la estática se encendió como un tubo fluorescente mientras intentaba sacarse el camisón con mucha fibra de poliéster que adherido a su piel se resistía a salir.

Apenas iluminado – se había cortado de la luz- nuestros labios se sellaron en un beso eterno mientras caíamos sobre la cama, caricias y beso, besos y más caricias, con 33 grados de temperatura y bajando.

Un ventilador de pie que hacía un ruidito como si se quejara, desde una esquina de la habitación, movía el aire caliente sobre los cuerpos entrelazados.

No teníamos mucha idea de lo que venía después, por vergüenza ni ella ni yo habíamos averiguado demasiado, no teníamos con quien.

El monte Impenetrable como el Impenetrable chaqueño era impenetrable, con la luz cortada y ni siquiera una linternita para orientarse, hacía de la aventura más adrenalínica.

Según he visto en la televisión actualmente, la situación aparece como más fácil.

El desmonte como moda, como se sabe, ha avanzado impúdicamente sobre sectores en antaño impensado, y además se atreven a diseñar en el territorio formas y dibujos variados, se ven desmontes en triángulos, algunos más arriba, otros más abajo, otros forman una fina línea que baja y se pierde, otros más audaces desmontaron todo, dejando al descubierto la naturaleza en su estado más indefenso. También se utiliza señalética vial con flechas tatuadas que dicen “por aquí”. Del lado reverso, saben dibujar una “rosa de los vientos” que te indican que tu dirección está al sur.

Es notable, pero ahora es más fácil, puesto que vienen con manual de instrucciones

Pero antes, antes, se luchaba contra contra toda la naturaleza, y más dos  personas que nunca fueron boy scout.

Seis años y medio de novios, algunos intentos de previas, el casamiento, la noche de boda, la luna de miel y todavía éramos vírgenes.

Con mi biorritmo en la cresta de la sinusoide, avanzo urgente y a tientas a la primera zona, la defensa casi instintivamente se cierra impidiendo la llegada del agresor, negociamos la posición.

Intento avanzar, pero no veo el objetivo, trato de llegar al fondo, pero con la defensa tensa quedo fuera de tiempo y distancia.

Otra vez al banco, negociamos el tercer saque, intento el ataque, me sopla “esta vez por la zona húmeda”, pregunto con inocencia;  “ no te secaste?”.

Casi sin aliento me responde, “no estúpido, cuando me pongo Mmmmm, una zona del campito se humedece”. Tanteo busco, no se ve nada le digo; “ubica primero con el dedo” me responde casi al borde de un ataque de nervios.

Creo que llegue, le digo, “ahora golpea” en tono imperativo me ordena; “con ese dedo no, con el once” me grita.

“Golpeo y no me atienden”, le digo

Es ahí, “seguí participando” me dice.

Creo que están abriendo, le susurro

En ese momento, recuerdo una enseñanza que me dejo mi padre, caminando por calle 25 de Mayo en la zona del estadio abierto, vemos a dos pibes intentando colarse por entre las rejas que estaban hasta no hace mucho tiempo. Mi padre observando la acción me enseñó; “si les pasa la cabeza, les pasa todo el cuerpo”.

La cabeza de los colados paso y también paso luego todo el cuerpo

Y así fue como lentamente, suavemente y en cámara lenta, la defensa fue derrotada  y luego se relajó, se abrieron las puertas del paraíso y pasó la cabeza y el cuerpo también.

Siento que mi biorritmo está por el extremo superior de la curva y me empuja rápido y furioso hacía la llegada, veinte segundo y la final con bandera a cuadros.

¿Ya está?”, me pregunta como con gusto a poco.

Si, creo que fue rápido eso, le digo.

Ahí aprendí mi primera lección, llegar primero no significa ser campeón.

Sintiéndome perdedor, me retiro del área y con delicadeza le pregunto si le dolió.

Me dijo que si, que le codeé las costilla y le rasguñe  la pantorrilla.

Bueno, primera vez al fin, no hubo fuegos de artificios ni bombas de estruendo, pero lo que había que hacer según la tradición, se hizo

El resto llegara con el tiempo y la experiencia. Supongo. Y tal vez sea tema de otro cuento

FIN

Por José Pepe Alvarez

Jose Pepe Alvarez

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Jose Pepe Alvarez

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